Una vez, en Bogotá, hubo un Ricardo Silva que escribía cuadros de costumbres. Tenía la frente alargada, las mejillas huesudas y la barba casi clara. Pero la gente del lugar, desde las ventanas de madera de La Candelaria, prefería describirlo con adjetivos como "inteligente", "compasivo" o "generoso". Era el prestigioso narrador del periódico El mosaico, el padre liberal que jamás imponía sus opiniones, el ilustre dueño de un almacén de objetos importados, R. Silva e hijo, que cualquiera podía encontrarse en la acera norte de la plaza de Bolívar. Sonreía en paz aunque estuviera en la orilla de la quiebra, aunque sufriera agotadoras dolencias intestinales, cuando lo saludaban por la calle. Y el 14 de diciembre de 1883 lo hacía, creo, porque tenía en sus manos el primer ejemplar del único libro que publicaría en sus 51 años de vida: una compilación de aquellas escenas de la vida bogotana –parodias de una sociedad en la busca fallida de la aristocracia- que había redactado para reírse mientras le hacía un homenaje a sus propios hábitos.
Se lo había dedicado a su hijo José Asunción antes de que se convirtiera en el poeta que sabemos (en la primera página le prometía que ese volumen sería "uno de los recuerdos cariñosos que habrán de acompañarte cuando la muerte me haya separado de ti") con la esperanza de que su ciudad algún día dejaría de pretender ser como otras: y hoy, que todo quiere indicar que vivimos en ese momento, parece importante escribir nuevos cuadros que no nos dejen olvidar que somos esto.
Yo no merezco adjetivos mientras paso ni reclamo prestigios de ninguna clase. No soy el papá de nadie. Y, si lo fuera, no le pondría a un hijo mío "José Asunción" así me ofrecieran descuentos en las dos tiendas de mi edificio. Pero no podrá decirse, nunca, que no me llame Ricardo Silva: y es en nombre de ese nombre que me he permitido escribir, de ven en cuando, fotografías bogotanas de dos o tres párrafos que capturen nuestra nostalgia por el minuto que viene, nuestro asombro ante los gestos ridículos, nuestra vocación a recordar, a acompañar, a sonreír aunque el mundo esté a punto de caerse. Pronto entenderán de qué se trata. |