Por Rubens Martínez
Había una vez en Cúcuta, una jovencita muy hermosa, llamada Victoria, era tan linda como una rosa roja en un risco, pero como toda rosa, también tenía espinas...
-Saluda hija – exhortó -. Hija saluda –repitió apenada.
-¿Qué? –dijo la joven, mientras se retiraba el audífono izquierdo. Escuchaba pictures of you de The Cure, atravesaba la sala rumbo a su alcoba.
-Imposible que escuches con esa música a todo dar –dijo la madre-. Hija, las buenas tardes –insistió.
-Hola.
-Hola –contestó la visita-. ¡Cómo está de grande!, ya es toda una señorita –la joven había continuado camino hacia su cuarto-, pensar que era una niña la última vez que la vi, me acuerdo de los rulos que usted le hacia.
-Ya tiene diecisiete años –dijo la madre.
-¡De razón!, cómo pasa el tiempo.
-Discúlpame un segundo por favor.
La madre abrió la puerta del cuarto y entró sulfurada.
-Vicky, ¿hasta cuándo?
La joven acababa de sentarse al computador y no la miró.
-¡Vicky!
-Hasta cuando qué mamá.
-Eres una grosera, me avergüenzas.
La bella joven empezó a teclear, vio algo en la pantalla y, frunciendo el ceño, acercó su cara como un miope. La madre continuaba parada detrás de ella, como un perro pastor detrás de una oveja.
-No más Vicky, no más.
-No más qué mamá –giró y la miró a los ojos, fúrica.
-No te hagas, hasta aquí llegamos con tu grosería, ahora hablamos...
La madre salió de la habitación y al aproximarse a la sala, el estruendo de la puerta tras suyo, la hizo consciente de los latidos de su corazón.
La madre se sentó y, presa del aturdimiento, convidó algo de comer a la visita, pero el ofrecimiento fue rechazado con cortesía:
-Dispense, pero no –denegó la mujer con la cabeza-. Estoy haciendo dieta, muchas gracias.
-Está imposible... –dijo la madre, con un dejo de tristeza.
La visita le sonrió con actitud comprensiva.
Victoria nació en Bogotá y estudió la primaria allí. Por razones de trabajo, su padre había sido trasladado a la frontera, cuando ella contaba diez años. A los trece años estuvo seis meses de intercambio en Omaha, Nebraska, la tierra de Malcolm X y Marlon Brando, por lo que manejaba un inglés muy aceptable. Luego del divorcio, la madre decidió no volver a la capital. Victoria había perdido el 5° bachillerato y ahora, a mitad de año, repetidamente las calificaciones eran desastrosas en Química y Cálculo; la madre, previendo lo peor, a través de una conocida que se lo recomendó (le había dado excelentes resultados con su hijo), contrató un profesor particular intentando salvar el año escolar de su hija: Jairo; de veintiún años, estudiaba Ingeniería Química en la Universidad Francisco de Paula Santander, cuarto semestre, con magnífico rendimiento académico. Ése, quiso el destino, sería el profesor de Victoria. No quisiéramos aburrir con los detalles puntuales de Jairo, cumpliremos con decirles que era un joven de físico común y corriente, tal cual uno de esos con el que ustedes se topan en un agitada calle de cualquier ciudad y su memoria olvida al minuto siguiente, sino es que antes; por lo tanto, mejor aceleremos esta historia para llegar al acontecimiento que, declaramos, queremos conozcan...
Los días pasaron.
-Ese cuento del grupo juvenil, las misiones, los catequistas, los curas, la opción por los pobres... no te puedo negar que quizá sirve para algo... nunca había conocido nadie tan juicioso como tú, ¡hasta pareces un viejo! A propósito, ¿a qué edad entraste al grupo juvenil?
-A los catorce.
-¿Padres qué?
-Escolapios.
-Volviendo, pero... ¿y si Cristo no resucitó, si sólo fue un mentiroso, un crazy, si nunca fue Dios?, ¿alguna vez has pensado en esa posibilidad?
Jairo la miró horrorizado.
-Que todo sea aire –continuó Victoria.
-¿Eso cree usted?
-¡Jajaja!, ¿por qué no me tuteas?, los cucuteños no tutean ni a palo, no son capaces, jaja, no tutean ni a las mamás –carcajeó animosa e hizo una pausa-... toda la esperanza es que resucitó ¿no es cierto?, ¿pero si no?... serían veinte siglos de engaño, del mayor fraude de la historia de la humanidad –prosiguió.
-Algún día se abrirá a la Gracia, eso no depende de usted, es lo único que puedo decirle.
-¿La tierra era plana, no?... los cristianos estarían en la olleta.
-Todos, cristianos y no cristianos.
-No, los cristianos –enfatizó Victoria, y pausó de nuevo-. ¿Y por qué tanto cuento con los pobres?
Jairo esperó unos segundos, meditaba una respuesta convincente, se reponía de la indisposición súbita por las sorpresivas, y a que negarlo, pensó, penetrantes dudas de su alumna. El rostro exhalaba calor y el corazón estaba inquieto, como un niño travieso que de repente hubiera salido corriendo.
-En los evangelios, poderoso es sinónimo de pecador. Jesús vino al mundo por los pobres y los enfermos, por ellos se encarnó, ellos eran sus favoritos por encima de todos. Jesús se enfrentó a los poderosos.
-Pues de nada sirvió, el mundo sigue igual.
El niño travieso aceleró el trote.
-Simone Weil decía algo así como que... los ricos no deberían tener entrada a las iglesias; cuando se leen los evangelios con juicio, quizás tenga razón.
-¿Simone qué?
-Weil... a veces pienso que todos los sacerdotes tendrían que ser mendicantes para ser consecuentes con los evangelios.
-Son farsantes no mendicantes.
El niño travieso corría frenético, el rostro de Jairo se coloreó de grana y estaba en brasas, emanaba tanto calor como el que recibe alguien que está cerca del antehogar de una chimenea.
-También me gusta leer a Teilhard de Chardin que decía...
-Tiene nombre de clown; préstame un libro y luego opino –soltó Victoria.
-Listo –repuso Jairo, haciendo el indiferente a la burla-, pero no sé si le guste. Mire, en serio, Cristo sólo vino, sólo se hizo hombre por los pobres y los enfermos, se lo repito, los pobres y los enfermos, sus favoritos –concluyó.
-Los resultados no han sido buenos, déjame decirte.
-Con el tiempo, usted va ver todo con claridad, todo será distinto –respondió con tono de resignación, como quien ve perdido un combate, y sintió que el niño travieso se sosegaba.
-Eres un optimista.
-¿En verdad no quiere venir al grupo juvenil?, para que conozca, nada es por obligación.
-No, no me interesa.
-Ojalá cambie de opinión. Le voy a prestar otro libro que me gustó mucho: La sangre del pobre, de León Bloy. Hay una frase, contundente –Jairo se animó-, en la dedicatoria de otro libro de León que se llama La que llora, dice: "Tenga piedad de este rebaño que muere de sed a orillas de los ríos del paraíso". Los pobres...
-¡Párale! -lo interrumpió Victoria de súbito-, ¿cuántas veces por minuto nombras los pobres?, ¡Jairo! No más, ¿si porfa? –le dio un beso en la mejilla y sintió el calor en sus labios-, ¿vas a romper un record Guinness o algo así? ¡No más, no más!... pobres tus pobres. Quieres que te diga una cosa –prosiguió-: lo que yo creo es que la mayoría de pobres son unos resentidos y les gusta vivir en la pobreza y que todo se lo den; digamos que no todos, pero la mayoría sí.
-Qué fácil es darse contentillo con opiniones así y no hacer nada.
-No en serio, no te pongas bravo.
-No estoy bravo.
-Sí, si estás bravo, se te nota... no te gusta que no piense como tú.
-No es eso. Usted está equivocada. De todas formas hablar de los pobres hoy en día está out, para decirlo como le gustaría –enfatizó Jairo irónico-, cualquiera que hable de los pobres o abogue por los humillados está out en estos tiempos.
-¡Lo ves, lo ves! Jaja, no te calientes por esas cosas... era una broma.
-Usted es semejante a los que piensan que la culpa de la tragedia de Villa Tina es de los pobres por construir siempre donde no deben, en terrenos peligrosos.
-¡Y dale!... sabes que sí, pero dejemos eso, es mejor, para ti sólo es válido lo que tú piensas –replicó con femenino enfado.
-No es eso...
-Mejor no confíes tanto en tus pobres, es lo único que te recomiendo, estás obnubilado.
-Mi amor por los pobres es insobornable –afirmó Jairo con firmeza, como si allí, en esa frase, se le fuera el alma.
-Jumm... –suspiró Victoria-. Déjalo así, tú sabrás...
Los días pasaron.
-Perdona hija pero tú no puedes hacer eso –le reprochó la madre a Victoria, entrando de improviso y alterada, sin que Jairo supiera a que se refería. Desde su llegada minutos antes a la casa había escuchado una fuerte discusión en la cocina.
-¡Ay mamá no me molestes!, ¡no ves que estoy ocupada!, ¡déjame en paz!
-¡Vicky respétame, no me alces la voz!
-¡No me joda más mamá!, ¡ya!
La madre abandonó apenada la habitación y enfiló camino hacia la sala, salió de la casa y se subió al carro.
-Sigamos –dijo Victoria.
-...
-Sigamos –repitió. El carro se alejó.
-...
-Bueno, vamos a seguir o mejor vienes otro día.
-No le parece que ya está bien –Jairo hizo una pausa-; usted se comporta como una niña malcriada, ¡madure!, usted tiene que respetar a su mamá y a mí también.
-¿Tengo?, ¡tengo que morirme!, vea pues, me salió otro papá: ¡váyase!, ¡lárguese!, no vuelva más, ¡¿quién se creyó?!...
Una semana después, Jairo, contrario a lo esperado por Victoria, no había llamado ni dado señales de vida. Pero lo más asombroso vino luego: Victoria fue hasta la universidad y lo esperó a la salida de una clase, se disculpó de sus expresiones cáusticas, de sus malas maneras y le concedió la razón, confesó que se había prometido a sí misma ser amorosa con su madre y respetarla, le invitó a volver, dijo que lo necesitaba, los resultados se estaban viendo en las calificaciones. Jairo accedió, Victoria daba la impresión de hacerse mujer y, zanjado el asunto, retornó a las lecciones. Vale la pena decir que no había cosa en su fuero interno que Jairo más deseara, y patatín y patatán...
Los días pasaron. Victoria se quedó pasmada viendo el celular, como un niño que ve un león por vez primera en el zoológico, luego entró al cuarto. Llevaba casi diez minutos ausente.
-Discúlpame de nuevo, si vuelve a llamar no contesto, lo prometo.
-Y qué hace.
-¿Quién?
-Su novio –clarificó Jairo.
-Estudia en Bogotá.
-¿Qué?
-No sé... estamos mal...
-¿Qué estudia?
-Economía en la Universidad de los Andes.
-Ya.
-...
-...
-No sé... a veces pienso que es un imbécil –dijo Victoria, y siguió con la vista fija en el celular-. Sigamos... –suspiró, igual a un hombre en su celda que sabe que va a morir a la mañana siguiente.
En ese mismo momento la madre entró con una merienda.
-Hola mamita.
-Hola –respondió la madre, no atinando a decir nada más, sin salir del asombro; no recordaba la última vez que le había dicho mamita. Colocó la bandeja sobre la cama y se retiró.
Los días pasaron. Y el amor, como un salteador de caminos, los acometió intempestivo y se hizo dueño de los jóvenes...
-¡No me digas que no te la pones porque es Lacoste! –sonrió Victoria, dicharachera, fingiendo que lo amenazaba con un puño, cuando Jairo terminó de abrir el regalo.
-No, cómo se le ocurre, está muy bonita, gracias.
Ese día Victoria lo llevó en el carro de la mamá hasta su casa. Jairó entró feliz y saludó, pero nadie contestó. La mamá estaba en la cocina y no lo sintió irrumpir, el papá aún no había llegado, y sus dos hermanos menores estaban muy ocupados jugando al que primero adivinará la marca del comercial de televisión que fuera apareciendo en pantalla.
Los días pasaron. Aquella tarde, Victoria tenía puesto el short de educación física, ceñido al cuerpo tal cual una hiedra: la joven era pobre en estatura pero rica en curvas.
-Llegas muy temprano, aún no te esperaba. Dame un minuto llevó esta ropa al patio, la señora que lava la espera –dijo, mientras se agachaba y sacaba de dentro de una canasta de plástico su ropa sucia. Todavía inclinada, giró y sorprendió a Jairo, que la observaba absorto. Sonrió-. No me demoro, siéntate –sugirió Victoria, sin dejar de sonreír y bajando la mirada. La cara de Jairo se tiñó de un rojo intenso, semejante a un sioux que va a la batalla; se sentía igual que si tras abrirse la puerta del baño hubiese sido descubierto in fraganti por un público inesperado con una mano en la masa como la de un mico dándole manivela al organillo de un ciego y la otra pasando hojas en una revista como una secretaria desocupada.
-Listo –convino Jairo y desvió la atención rápidamente a los papeles que estaban en la mesa de estudio y se sentó. Tuvo la sensación de que colonias de hormigas escocían su cuello, espalda y pecho. Ardía como la zarza en el desierto. Victoria ocultó su sonrisa levantando un cúmulo de ropa sucia.
-Ya vengo –dijo Victoria. Volvió en cincuenta y un segundos-. Mamá no va a llegar, la deje en el aeropuerto hace una hora y acabo de despachar a la lavandera –dijo, calmosa y con los ojos cerrados, al terminar un largo y apasionado beso. Ella ya conocía el néctar del amor, él, bebía su primer sorbo...
Los días pasaron. ¡Victoria aprobó el año! La madre estaba rebosante de dicha y conminó a la hija: ¡Había que celebrar con el artífice del triunfo! La fiera noche se tomó la ciudad. El malecón estaba resplandeciente de alegría. Era un viernes decembrino. Se hubiera dicho que la muerte estaba de vacaciones y todos lo sabían, la animación de las calles era total. La jovialidad contagió los jóvenes, que sonreían tomados de la mano y caminaban entre el gentío y cada cierto tiempo entrelazaban sus labios, humildes como un vaso de agua. Después de cenar, Jairo y Victoria recorrieron el malecón. El tumulto y la bullaranga eran impresionantes. Los muchachos que departían tomando cerveza, mientras los equipos de sonido de sus automóviles, parqueados en el arcén, ensordecían la noche, no dejaban de mirar la minifalda atrevida y coqueta que llevaba puesta Victoria y resaltaba sus encantos. Luego de un largo paseo y muchos besos, Victoria regresó con Jairo a la bahía donde estaba el carro, la misma madre lo había ofrecido sin reparos para que salieran a festejar. Victoria sacó un cigarrillo de la cajetilla y lo encendió, luego, tomó a Jairo de la mano y lo internó más allá del rastel del mirador. Poco a poco, toda la batahola se fue diluyendo y las risas se hicieron lejanas, así como las luces de neón. Victoria tropezó con unos guijarros y casi cae, pero Jairo lo impidió. Se besaron intensamente, él le quitó el cigarrillo y lo lanzó a la oscuridad como una veloz luciérnaga. Caminaron algo más y un paraje de almendros los albergó. El río Pamplonita murmuraba sereno y la brisa silbaba haciendo mover las ramas de los almendros como si fueran brazos de gigantes. El deseo hizo de las suyas y un arroyo inundó el cuerpo de Victoria, las manos de Jairo llevaban su cauce.
Los minutos transcurrieron...
-¿Qué pasa?
-Escuche algo –dijo Jairo, que había detenido sus manos y los besos.
-No oigo nada –fue la respuesta de Victoria, cuyo cuerpo imperioso tenía afán-, los almendrones que caen.
-No, en serio, espere –masculló Jairo y se separó de Victoria; alguien hubiera dicho que estaban encadenados al tronco del almendro.
En ese momento vieron aflorar en derredor unas siluetas, como un comando que embosca. Jairo trago saliva, estaban rodeados. Una de las figuras se acercó y emergió de las tinieblas como si estuviera en un cuadro de Caravaggio.
-¿Muy ocupados? –intervino. Los otros rieron.
-Ya nos vamos –dijo Jairo, y en aquel instante, se hizo consciente de cuanto se habían alejado de la avenida Libertadores, del malecón. Comprendió que estaban a merced y sintió demasiado miedo.
-¿Para dónde? –le interpeló el hombre, que tendría unos veinticinco años y fungía de ser el líder de la pandilla. Los otros eran adolescentes.
-Ya nos íbamos –anunció otra vez Jairo, tomó a Victoria de la mano e intentó bordear el grupo. Inmediatamente dos de ellos los cercaron.
-Ya está bueno, nos vamos – recalcó Jairo.
El líder sacó un revólver que llevaba escondido en la pretina, oculto por la camiseta.
-¡Policía! –gritó Victoria asustada a todo pulmón, en tanto los dos retrocedían. Pero nadie oía. Sólo los almendros eran mudos testigos-, ¡policía! –repitió con ímpetu.
A lo lejos seguía resonando la música y los pitos de los automóviles se perdían como un eco. El claro de luna iluminó el andurrial y la pareja vio tres adolescentes en pantaloneta que acompañaban al líder, la otra sombra guardó distancia como centinela y no era posible distinguirlo.
-¿Qué quieren?, tomen el reloj y déjennos irnos... –suplicó Victoria. Hizo ademán de quitárselo-, es un Bvlgari... déjennos irnos...
No, correr era una pésima idea, se dijo Jairo. Para que gritar, nadie los escucharía, además los ladrones se pondrían nerviosos y podía ser peor. ¿A quién se le ocurría en plena noche oscura aventurarse con la novia hacía el río? «Jesús ayúdanos», repitió varias veces para sus adentros, «Jesús ayúdanos».
-Ustedes tres, repártanse para que canten la zona, Cuco, usted conmigo –ordenó el líder.
Los tres muchachos se dispersaron de prisa, sus pasos sobre el cascajo los tapó la noche.
-Los dos –comenzó a decir el líder-, de rodillas, los brazos abiertos, ¡rápido!
Obedecieron. Parecían el cuadro de Goya.
El líder pasó el arma al cómplice, que se había acercado, una cachucha impedía precisar cualquier nitidez de su cara. El líder empezó a escudriñar a Victoria como si fuera un oficial de la ley; le detalló el reloj, en el cuello la cadena y el dije. Jairo cerró los ojos, «Jesús ayúdanos», los abrió y de soslayo seguía la requisa; el revólver ofrecía destellos en la oscuridad.
El líder posó su mano en uno de los senos de Victoria.
-¡No me toque asqueroso! –profirió Victoria, que con el codo bruscamente lo había apartado-¡ni se le ocurra!
-¿Por qué mamita que v'acer?, mejor pórtese bien y nos va ir bien.
Jairo se había puesto de pie y los centelleos del arma se hicieron más azarosos. El líder la tomó rapándosela a Cuco y apuntó a Jairo.
-¡Se muere malparido, se muere! –le sentenció. Jairo volvió a ponerse de rodillas. Victoria empezó a llorar-. ¡Los brazos! –advirtió. Jairo los abrió en cruz como antes.
El líder le pasó de nuevo el revólver a su amigo y se acercó a Victoria por detrás, se arrodilló también y volvió a posar, esta vez, las dos manos en sus senos y ella empezó a llorar con más fuerza.
-«Jesús ayúdanos» ¡No la toque, no le haga nada!... llévese todo, llévese todo... pero no le haga nada... tengo veinte mil pesos en la cartera –decidió intervenir Jairo con voz temblorosa y aguda.
-Qué bueno – musitó el líder y apretó los senos. Victoria emitió un sollozo.
-Tan quejimbre, si eso mismo es lo que le estaba haciendo el novio –le susurró al oído.
El viento que lleva el polen, arrastra cenizas, embravece las olas, vuela sombreros y apaga el fuego, llevó esas palabras hasta Jairo.
-¡Ojo con lo que hace viejo! –gritó al mismo tiempo que bajó los brazos.
-¡Los brazos! –bramó el líder.
Jairo los subió con lentitud y pudo ver los relumbres del metal en las manos del cómplice.
-Ojo con lo que hace –repitió, templando la voz-, ya está bueno.
-¡¿Qué?! –rugió el líder-, ¿muy alzadito? –de inmediato continuó y trató de introducir la mano por entre la minifalda de Victoria.
-¡Desgraciado! –gritó ella y empezó a forcejear al mismo tiempo que Jairo se incorporó.
-¡PUM! –un desnudo y fulmíneo lampo hizo trizas el silencio del paraje.
-¡Ahhh! –exclamó Victoria.
Victoria lo sostenía entre sus brazos.
-¡Jairo!, ¡Jairo!, ¡rápido una ambulancia!
-¡¿Cuco qué hizo?! –le espetaba el líder con asombro-¡¿Qué hizo chamo?!
-¡Se me disparó!, ¡se movió!, ¡pensé que se le iba a lanzar a usted!
-¡Jairo! –volvió a aullar Victoria.
Pero Jairo tenía el pecho envuelto en sangre y estaba sordo como todos los muertos, y sus ojos ya no espejarían la luz de una nueva mañana, ahora sólo miraban la nada.
-¡Tus pobres, tus pobres! –berreó Victoria-, ¡ya ves... tus pobres! –siguió llorando y rabiando.
-Bájele ese reloj, ¡rápido! –ordenó a Cuco el líder. Ahora era él el que sostenía el arma. Cuco levantó el brazo de Victoria para quitárselo tal cual un arbitro que anuncia el ganador de una pelea de boxeo-y esos tenis –dijo, señalando los pies de Jairo con el revólver-; ¿cuánto calza? –le preguntó a Victoria, que seguía gimoteando y abrazando a Jairo. Victoria no ofreció resistencia cuando Cuco le empezó a quitar los tenis a Jairo. Otro de los muchachos se había acercado con la detonación, y empezó a ayudar con la tarea, semejaban chulos sobre una carroña. En la casi oscuridad de la noche, en aquella ribera desolada, la cadena de oro de Victoria brilló como un faro en una costa visto desde un barco en la lejanía del mar. Dos brazos rodearon su cuello, como un enamorado a la mujer que ama, para despojarla.
-¡Se cayó el dije! –se quejó el enamorado, mientras palpaba la hojarasca y el suelo pedregoso, buscándolo lo mismo que un ciego una moneda.
Al punto llegaron los otros dos compinches.
-¿Jueputa qué pasó?
-Este man se aceleró y lo quemó de una –dijo el líder, sin poder ocultar su nerviosismo, habiéndose alejado unos pasos, intentando serenarse y dominar la situación.
-¡Qué lío tan hijueputa mano!, ¿y ahora qué?
-¡Vámonos chamo! –clamó el otro, el último en arribar.
-Sin testigos o nos jodemos -instó el líder a Cuco, pasándole el revólver. Pero Cuco salió corriendo vadeando el río, habiendo antes arrojado el arma; parecía un cimarrón escabulléndose hacia la manigua en medio de la noche, perseguido por unos perros. En aquel momento, el líder, con el semblante totalmente demudado, de aquella forma en que los seres humanos exhiben lo que nunca aceptan, que son animales, crueles y salvajes, emprendió pasos hacía Victoria.
-¿Más lío men? –fue la pregunta de uno de los tunantes, que se le acercó y lo detuvo-, ¡perdámonos ya!
-¡Quite deai! –gruñó el líder-, yo arreglo esto o nos jodemos pa siempre.
-El revólver... –dijo el otro.
-Sólo había una bala... y la vida sigue, recójalo –y continuó camino, cual si fuera un pater familias enseñando dignidad a un hijo.
Victoria estaba de espaldas, arrodillada frente al cuerpo exánime de Jairo. Le tomaba las manos y las llevaba a su boca y las besaba, también le acariciaba el rostro, cubierto de una profunda penumbra. Lloraba y negaba con la cabeza. Sintió la pedrada como si de repente, hubieran encendido un poderoso foco, luego, hasta el sonido del río se le hizo borroso, cubrió con sus manos de menina la base de su cuello y sintió la sangre caliente empapar sus dedos, se giró y vio la silueta del líder, el cual, estático, la miraba con arrobo, como si fuera un turista contemplando una puesta de sol en Capri. Victoria tuvo la sensación de que el mundo era de color verde como las gelatinas.
-Ayúdeme... –dijo Victoria, incorporándose con dificultad. Intentaba alejarse pero se detuvo.
-... Los pobres y los enfermos... –balbuceó.
El mundo verde se hundía a sus pies. Cayó de rodillas sobre las piedras, luego estiró su cuerpo lentamente y bocabajo. El líder se acercó, y, cual un Sansón del mal, elevó con ambos brazos una pesada roca y la descargó en la cabeza de Victoria. Su cráneo traqueó como un coco que cae desde las alturas de la palmera al pavimento de la autopista.
Los pillos corrieron como ángeles atemorizados en busca de Dios, cimbrando el cascajo con sus pisadas, después no se oyó nada, excepto el estridular de los grillos, una carcajada lejana y el ruido, también lejano, de música y algunos fragores de carros acelerados que trajo la ventolera. Sin embargo, al rato, el silencio fue interrumpido por otros pasos veloces que se acercaban, un trote. El adolescente se había devuelto a buscar el dije donde antes lo había perdido teniéndolo en las manos. Desplazó pedruscos a un lado y otro en medio de la hojarasca de los almendros, con desespero, mas no lo encontró. Desilusionado, se quedó mirando el cuerpo sin vida de Victoria, se acercó lentamente; al claro de luna la cabeza era lustrosa por la sangre y los sesos que asomaban. Al verla, recordó que desde niño lo asustaban los muertos, los peluqueros y los payasos de los circos, entonces, a toda velocidad, como alma que ahora lleva el diablo, emprendió de nuevo la huida. |