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Biografía sexual de una familia (1921)

Por Sir James H. Holmes 

Lo que más me gusta del sexo es que cuando sucede prueba que el resto del tiempo estamos actuando. El sexo es la tras escena. Y allí, como cualquier actor que se respete, no tenemos ni idea de quiénes somos: nos conocemos, por fin, a nosotros mismos. Escribir la biografía de una persona, en ese orden de ideas, sería exactamente lo mismo que escribir una novela. Pues para saber quién es alguien, para no inventárselo, para captar, como es, el animal que encierra una persona, tendríamos que asistir a sus escenas sexuales: en ellas se ponen en juego el verdadero amor propio, la verdadera compasión, la verdadera violencia que se enmascara con la identidad. Siempre que me preguntan por mi familia quisiera contarles que a mi abuela le gustaba que mi abuelo la maltratara, que mi padre era una bestia precoz y que mi hermana gritaba lugares comunes como "hazme tuya" cuando algún compañero de su curso le pedía que le explicara "álgebra".

Hablemos de mí, de una vez, antes de que la pregunta enloquezca a los lectores. Soy, como saben los fanáticos de la prensa, un hombre de familia que se ha gastado su herencia en publicar un par de revistas que tienen un público fiel pero reducido. Quien me ve, creo, no piensa en mí de inmediato como un objeto sexual. Le vienen ideas a la cabeza, por supuesto, asume que soy un tipo que lo tiene todo controlado; cree ver en mi a un intelectual alejado de las pequeñas cosas del mundo; imagina que sería yo incapaz de ser infiel en un motel de segunda; sospecha, si me ven con alguna mujer en estos días de viudez, que al fin he conseguido el amor que necesitaba. Pero no se deja llevar, quien me ve, por la idea de que llegaré a mi cama en la noche con una energía que tendrá que resolverse de alguna manera. Así es. Quien me ve tiende a estar ciego.

Mi vida sexual comenzó en junio de 1892 cuando apenas tenía yo 15 años. Aquella vez simplemente fui útil. Mi vecina de diecisiete años tuvo un curioso ataque sexual, una especie de rasquiña que, como cualquier rasquiña, sólo podía sanarse rascándose. Siento usar estas palabras. Lo siento de verdad. Pero entre menos nos enredemos en eufemismos, nos irá mejor a todos los que estamos atrapados en este libro. Así que mi vecina necesitaba que alguien le abriera la blusa como si no hubiera día siguiente, le quitara la falda con la mirada perdida y se quedara quieto mientras ella hacía lo suyo. Y yo hice esa labor. Y desde ahí me tomado el sexo como una espera que siempre recibe sus premios.

Mi universidad, en materias de sexo, fue la señorita Mary Windermere. Tan buen recuerdo tengo de nuestras jornadas sexuales, que se iniciaron en abril de 1894, que apenas enviudé, apenas perdí a mi Winnifred, en octubre de 1904, por cuenta de aquel tumor maligno que la convirtió en una persona que no me recordaba, volví a ella, a Mary, a confirmar que nada es mejor en la cama que una mujer a la que nadie debe nada en la vida. La señorita Windermere, en tiempos de juventud, era una niña que se negaba a ser una persona. Quería vivir. Nada más que vivir. Y yo, que le aburría como compañero de fiestas pero la animaba como compañero de vida (mi eterna condena: esta apariencia de eterno marido), le fui útil, digamos, para que se diera cuenta de que no era una mala escritora sino un individuo lleno de talentos con los que no contaba en un principio. No perdamos de vista, sin embargo, el tema real de este libro: la señorita Windermere, pintora aficionada, se convertía en otra mujer apenas estábamos solos.

Y yo, que siempre terminaba con las rodillas raspadas, los hombros maltrechos y la cintura torcida, fui nada más, desde que la conocí hasta hoy (que me ha pedido que no volvamos a vernos), prácticamente un espectador de sus competencias. Lady Windermere no le temía a nada. Podía rebajarse, entregarse como un cuerpo sin alma, porque el verbo "rebajarse" no existía en su vocabulario: ni el bien ni el mal eran categorías posibles en una mente en la que el único dilema existente sucedía entre el aburrimiento y el entretenimiento. Me encantaba verla perder la cabeza. Me encantaba que mandara, que reclamara, que exigiera. Pensé, porque era joven, que esas coreografías no podrían nunca ser superadas.

Pero más tarde siguió, en mi habitación, una mujer casada (a quien, puesto que no pretendemos arruinarle su matrimonio, le daremos un falso nombre) llamada Margarita Erlynne. Nuestra relación, que empezó en 1895 y terminó a mediados del año pasado, fue una buena amistad incluso cuando nos convertimos en amantes. La característica principal de nuestras jornadas en la cama, aparte de un sentido del humor que no experimenté jamás junto con Lady Windermere (que me decía dramáticas cosas al oído mientras terminaba de quitarle la ropa, mientras me iba a la guerra, mientras me rendía dentro de ella), fue hasta hace poco, pues también me ha pedido que no volvamos a vernos, una capacidad de pasarnos un día entero en la búsqueda de nuevas formas de placer. Ángulos. Ropas. Objetos. Por cuenta de esas jornadas pensé, porque era joven, que nada más podría lograrse en esos terrenos.

Pero vino, de golpe, una fila de experiencias con las que no contaba. La italiana me pidió que la acompañara a su habitación. La antigua prometida de mi amigo me usó para olvidar, durante 1001 noches, los 356 días horrendos que pasó antes de que su matrimonio se frustrara. La mujer sin nombre, que sacaba al perro al tiempo que sacaba yo a mi Tuppy, quiso acostarse conmigo como quieren los aristócratas probar un restaurante que acaba de abrir. Mi amiga Lady Grapeyard, con quien siempre me he cruzado en la vida en los momentos menos esperados, prefirió no seguirse encontrando conmigo en su casa de campo cuando se dio cuenta de que no estaba yo ahí (era la época en la que me prometí no casarme nunca) en cuerpo y alma. Mi asistente en la revista, una recién graduada que no me perdonaría nombrarla, me gritaba que no la mirara a la cara cada vez que el licor nos llevaba a revivir la misma escena sexual en el mismo orden de siempre. Yo la miraba de reojo.

Siguió mi Winnifred. Que fue una etapa pacífica, al mismo tiempo que satisfactoria, para mi cuerpo. Yo dejé en nuestra intimidad todo lo aprendido en otros cuerpos. Ella se dejó llevar siempre por lo que estaba sintiendo. Y pudimos ser las verdaderas personas que éramos siempre que estuvimos a solas. Sin falsos respetos. Sin remilgos. Sin ostentaciones. Si no hubiera sido por la enfermedad, creo, la vida habría seguido siendo esa para siempre. Yo habría sido capaz, me parece, de quedarme en ese cuerpo para siempre. Que es, si me lo permiten, la prueba que tengo de que soy un ser humano. Me explico: mi cuerpo, como el de cualquier otro animal, se va detrás de cualquier cuerpo que le guste (y querría yo, de hecho, que nada más fuera mi vida), pero mi mente, porque así lo ha querido Dios, es lo suficientemente poderosa como para susurrarme "detente, no andes más, estás enamorado, James Huntington Holmes III, tú lo que en verdad quieres es llegar a viejo con ella".

Yo hubiera acompañado a mi Winnifred en su vejez si no hubiera muerto temprano. Pero Dios, que es la suma de todos los destinos, es más sabio que nuestras malas costumbres: me esperaba, a la vuelta de la esquina, una mujer que era, que es, que será toda mi vida.

Querido Lord Darlington: usted, que carga desde ahora con la cruz de este libro, usted, mi amigo, a quien encomiendo la tarea de llevar estas páginas a los lectores, sabe mejor que nadie por qué me animo a componer estas páginas. La gran verdad es que he vuelto a enamorarme. Y mi mente, que se ha acostumbrado a domarme, no para de decirme: "detente, no busques más, esto es amor, verdadero amor, porque puedes oírle a ella todos sus secretos sin juzgarla, porque sabes que la vida sin ella es sólo un simulacro, porque estás dispuesto a abrirle a ella todos los cajones de tu vida". Y así es que quiero entregarle a ella la persona que soy. Toda. Completa. No sólo la que aparece sobre el escenario siempre dispuesta a interpretar su papel. No sólo ese que gobierno como a una marioneta. Sino éste, yo, el que quiere besarla siempre que la tiene cerca, el que quiere siempre pasarle la mano por la cara.

Quiera Dios que ella también me quiera. Que reciba este libro como si se tratara de recibirme a mí.

Y hasta aquí mi vida. La página siguiente es, como ha sido prometido, la biografía sexual de mi familia. Será vista, por algunos, como un desliz de mi mal gusto. Pero ya no estaré vivo, querido Lord Darlington, para que las críticas despiadadas me impidan seguir viviendo. Si todo sale como lo he soñado en estos días, si el destino coincide con lo que imagino en mis insomnios, acabo de morir en los brazos de una segunda esposa que en verdad fue la única esposa que tuve, que me dejó ser el más fiel de los personajes secundarios de su vida, que me salvó de quedarme perdido en la tras escena. Nuestra larga vida habrá sido tan apasionada, tan urgente, tan suficiente, que no habré alcanzado a decir ni una palabra sobre ella[1].  

        

        



[1] Lord Darlington, editor de la celebrada Greenwich Press, publicó el libro unas semanas antes de que el autor muriera. Todo parece indicar que fue una terrible venganza. Se dice que nombró personas que no estaban nombradas y que publicitó ampliamente la edición con el objeto de que la esposa de Holmes lo dejara solo en su lecho de muerte. No contaba, al parecer, con el amor de fondo que ella le tenía a su marido.


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Comentarios (1)

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Está delicioso el empezar de este libro
Comentario realizado porMarcia

 

© 1992-2010, Ricardo Silva Romero