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Leer desde el principio

(palabras leídas en el martes de literatura del Jorge Eliécer Gaitán)

Yo no quería traer nada escrito a esta conversación. Quería, simplemente, ser el telonero de Mario. Pero, a los dos días de hablar con Ana sobre el tema (los libros que nos afectaron en la infancia), me dio mucho miedo que se me olvidaran ciertas cosas que estaba pensando. Entonces redacté estas ideas sueltas:

Siempre he tenido problemas para dormirme. No es que duerma mal, no. Es que me toma mucho tiempo quedarme dormido. Y como me resisto a tomar pastillas, porque nunca se sabe qué pueda pasar (por ejemplo: que uno no vuelva a despertarse), todas las noches tengo que ponerle trampas a mi cuerpo para que acepte el final de la jornada. Veo televisión, me asomo por la ventana, hago crucigramas que amanecen incompletos. Pero siempre vuelvo, con cierta vergüenza, al efectivo sistema que me enseñaron mis papás: leo. Sobre mi mesa de noche, en este preciso momento, descansan una antología del relato norteamericano (voy en Rip Van Winkle), una edición prestada de las obras completas de Ibsen (leo, en este momento, una pieza llamada El pato salvaje) y un volumen de autoayuda titulado 101 cuentos clásicos de la India: los primeros 47 han resultado buenísimos para dormir.

Mis papás me acostumbraron a leer en la cama desde los cinco años porque pronto se dieron cuenta de que podía estar despierto hasta las 12 sin asomo de cabeceos ni bostezos. Casi todos los libros que llegan a mi cabeza cuando comienzo a escribir una historia, cualquier historia, vienen de aquellas primeras sesiones de lectura. La verdad es, ahora que lo pienso, que antes del principio mi papá me leía en voz alta mientras, en la cama de al lado, mi hermano mayor roncaba sin problemas. Sí, así era. Mi papá me leía historias en voz alta, a la luz de una lámpara que aún tengo en mi apartamento, porque yo no sabía leer. Y yo me quedaba mirándolo hasta cerrar los ojos. Una vez, después de traducirme lo que decían Astérix y Obélix en un cómic titulado Astérix y Cleopatra, decidió que ya era hora de que tratáramos de ojear algo sin dibujitos. Entonces dedicamos unos dos meses a Las aventuras de Huckelberry Finn. Y ambos quedamos felices con los personajes.

Me costó muchísimo, cuando aprendí a leer sin asesores, abandonar las tiras cómicas del pato Donald, las aventuras de Olafo el amargado y las adaptaciones de los clásicos dibujadas porChiqui de la Fuente. Y sé que, aun cuando nadie va a descubrirlo nunca, eso se nota en las cosas que escribo: los personajes que se me ocurren fracasan en la realidad igual que el pato Donald; las situaciones que invento aspiran a ser tan divertidas, tan absurdas, tan iluminadoras como aquel librito en el que Olafo trata de demostrarle que el mundo es cuadrado a todos esos farsantes que aseguran que es redondo; me descubro pensando, de tanto en tanto, en cómo resolvería Chiqui de la Fuente las situaciones que he podido imaginarme.

Calculo que sufrí mi primera temporada de insomnio –es decir: de pánico escénico frente a la posibilidad de deshacerme de mí mismo- cuando acababa de cumplir los ocho años. Recuerdo bien que entonces mi mamá se dedicó a leerme los poemas de Rafael Pombo, los cuentos tristísimos de Oscar Wilde (fue un error: ¿quién puede dormir después de leer El cumpleaños de la infanta, El gigante egoísta, El ruiseñor y la rosa?) y, sin pausas ni vergüenzas, la mitad de la primera parte de El Quijote. No, no siempre éramos tan cultos. Muchas veces veíamos películas de Disney en un Betamax que ocupaba la mitad de una habitación o hacíamos lo posible para no perdernos los innumerables capítulos de una telenovela titulada Pero sigo siendo el rey. Lo peor de todo, dicho sea de paso, es que pude volver a dormir justo en el capítulo en que mataban a Juan Charrasqueado. Y mi mamá no fue capaz de despertarme. Creo que jamás voy a perdonárselo.

Le agradezco, eso sí, que sin proponérselo me haya ayudado a entender que el gran logro del arte, desde las esculturas de Miguel Ángel hasta los móviles de Alexander Calder (que salen en el crucigrama de hoy), desde los diálogos de Edipo Rey hasta los diarios de Vincent van Gogh, desde las películas de Bergman hasta los capítulos de Seinfeld, es ayudarnos a llegar al otro día. Sí, en un mundo como este, en el que no tenemos a la mano ninguna de la respuestas que buscamos, el sentido de todas las ficciones parece ser el de darle forma a los insomnios ajenos.

¿Qué más quiero decir? ¿Qué otra cosa creo que va a olvidárseme frente a ustedes? Que cuando me llega un verso suelto a la cabeza, me llega, invariablemente, con cierto número de sílabas. Porque alguien, no sé quién, me regaló un libro titulado Lope de Vega para niños cuando cumplí los 11 años. Pero que, si se trata de ser honesto, el primer verso que me llamó la atención fue el “que saben a lo que huelen las rosas de mis rosales” de Campesina santandereana. Quiero decir, también, que gracias a un texto de Máximo Gorki, El ladrón Chelkash, suelo pensar en las revoluciones a punto de ocurrir, en lo peligroso que es pensar en abstracto y en las cosas que la gente es capaz de hacer por dinero. Que Sobre héroes y tumbas, Retrato del artista adolescente y La metamorfosis me han ayudado a dormir en paz, pero que, si tuviera que escoger un solo libro, mi libro, el libro más importante de mis 10220 noches de vida, tendría que hablar de El viejo Djin Jottabich.

Quiero hablar de ese libro. Gracias a él, el libro más extraño que tengo en mi biblioteca, sobrellevé aquella primera temporada de sueño imposible. Mi papá cree que lo compró por cinco pesos, hace 33 años, en la Universidad Nacional. Y que se lo regaló a mi mamá, que en ese momento no era una mamá, porque ella siempre ha disfrutado más la fantasía que la realidad. El libro se llama, decía, El viejo Djin Jottabich. Y es un “cuento-novelesco” de 371 páginas (así dice en la primera página: “cuento-novelesco”) publicado en Moscú por Ediciones en lenguas extranjeras hacia finales de los años 50. Lo escribió un misterioso autor llamado Lazar Laguin. Y se trata de un niño de diez años que acaba de mudarse de casa, “el escolar del sexto grado Volka Kostilkov”, que encuentra al genio de un ánfora en el fondo de un lago. El genio, Djin Jottabich (es decir: el genio Asan Abdurrahmán aben Jottab), es descrito como “un viejecito magro y de color aceitunado con una barba que le llegaba hasta la cintura, un turbante lujosísimo, un caftán de fina lana de color blanco recamada de bordados en oro y en plata, amplios zaragüelles de seda blanca como la nieve y unas babuchas de suave tafilete de color rosa con la punta aguda muy remangada para arriba”.

Sí, es una descripción increíble. Sé que no la hubiera entendido si mi mamá no me hubiera traducido el párrafo frase por frase. 

Creo, para terminar, que he querido escribir una novela rusa fantástica desde entonces. Y que, en consecuencia, la frustración ha sido enorme. No sólo porque soy un colombiano anclado en la realidad. Sino porque, como Rip Van Winkle, he despertado en un futuro en el que los protagonistas de novela no son genios de ánforas sino tipos que quieren ser famosos, en un mundo que todos se han empeñado en ver redondo, en unas calles llenas de gigantes egoístas. Sí, yo me siento fuera de lugar de lunes a domingo. Pero lo hago, por supuesto, porque he tenido la fortuna de leer esos libros.

 


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Comentarios (2)

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Yo tenía El Viejo Djin Jotabbich, me lo regalaron desde pequeña, y con tántos cambios de casa e hijos, no sé en dónde quedó, y quisiéra tenerlo para mis nietas, alguna sugerencia en dónde adquirirlo nuevamente???
Comentario realizado porMaria Elia Pla Ferrer

Apreciado Ricardo. Un saludo muy especial y lo felicito por esta página en internet. Soy Carlos Eduardo, el que trabajaba en el 113 y escribió una historia para La ciudad jamás contada. La última vez que nos encontramos durante el lanzamiento del libro en EL TIEMPO (el que recoge las memorias del proyecto, escrito por Marina Valencia)le comenté sobre el proyecto de unso talleres de lectuas y narrativas de ciudad. Esa noche le pedí el favor que me colaborara con una pequeña entrevista. Pues bien, no copié su correo, por eso fue una bendición encontrar esta página. Tengo listo el cuestionario (cinco puntos nada más) y un texto introductorio en el que hablo de usted. Aquí queda mi correo de gmail. Espero que podamos contactarnos. Un abrazo y muchas gracias. Carlos Eduardo Rojas
Comentario realizado porCarlos Eduardo Rojas

 

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