Réquiem por el fútbol2011-07-12
Ricardo Silva Romero:
Mi amigo B., que nació en el mismo edificio en el que viví toda mi vida, que fue tantas veces mi compañero de partidos imaginarios, es hincha del Bayern de Munich (no del Real Madrid ni del Arsenal ni de Boca, no: del Bayern de Munich) porque le regalaron la camiseta roja del equipo bávaro cuando tenía apenas cinco años. 1. Mi amigo B., que nació en el mismo edificio en el que viví toda mi vida, que fue tantas veces mi compañero de partidos imaginarios, es hincha del Bayern de Munich (no del Real Madrid ni del Arsenal ni de Boca, no: del Bayern de Munich) porque le regalaron la camiseta roja del equipo bávaro cuando tenía apenas cinco años. Seguía las transmisiones de la Bundesliga narradas por el barranquillero Andrés Salcedo: o sea que era fiel seguidor de “Migajita” Littbarski, de “El Poroto” Hässler y de “Mateíto” Matthaus. Sin embargo, no me pregunten por qué, pero quizás tenga que ver con el hecho incuestionable de que era un gran jugador, su favorito entre todos era el goleador “Caperucita roja” Karl Heinz Rummenigge. Sí, se pedía a Rummenigge en los juegos. Usaba el número once del Bayern en la zona verde del edificio. Se tomaba como algo personal que la gente se burlara de los rulos del delantero. En la final del mundial del 86, Argentina contra Alemania, fingió que le gustaba que los latinoamericanos ganaran la copa hasta que Rummenigge hizo los dos goles que pusieron el marcador 2 a 2. Y entonces todo se vino abajo. Dijo en voz muy alta: “ahora sí van a dejar callados a esos argentinos de mierda”. Y le costó semanas que su hermano, que iba por el equipo contrario, le volviera a hablar.
2. Hubo una vez, a mediados de los años ochenta, en que la Selección Colombia jugó un partido de preparación contra la titular de Millonarios. Tal cual. Tal como acabo de decirlo. M., que era el líder del fútbol en mi curso del colegio, mi mejor amigo en ese entonces, descubrió, a los 15 minutos del encuentro, que iba por el club bogotano. ¡Qué vergüenza! ¡Qué dolor preferir el equipo de la infancia a la selección de la patria! Fue por eso, creo, que sólo se atrevió a confesármelo a mí. “Es que Millonarios es mi equipo”, me dijo encogiéndose de hombros. “Y la verdad es que no deberían hacer estos partidos”.
3. A., mi compañero de curso desde los cinco hasta los dieciocho años, se hizo amigo de un tipo a pesar de que era hincha del América. Le gustaba oírle las anécdotas violentas de las barras bravas del cuadro rojo de Cali. Le fascinaba que le volviera a contar los cuentos de veterano de guerra que había recopilado con el paso de los partidos. Le celebraba todos los chistes que fueran chistes negros. No dejó de verlo cuando le oyó decir que una vez le habían hecho brujería a los del Deportivo Cali ni mucho menos cuando se enteró de que algunos de sus compañeros de tribuna usaban papel higiénico con el escudo de los equipos contrarios. No le importó ni cinco cuando se enteró de que de vez en cuando le lanzaban pilas a los jugadores del otro equipo. Pero se alejó poco a poco de él, lo empezó a ver quincenal, mensual, semestralmente, desde el día en que lo vio asustado porque “es que ‘El Flaco’ apuñaló a un man a la salida del estadio”.
4. Yo no sé si recuerdan una película bíblica de la BBC que lleva el título de El día en que murió Cristo. Pues bien: en la primera escena –que es, dicho sea de paso, una escena maravillosa- Jesús comete una falta imperdonable en lo que parece ser un partido primitivo de fútbol.
5. La gente se ha matado por un simple partido desde que el fútbol comenzó. En los días de Cristo, en los días de Dante, en los días de Goethe. En la edad media el balompié hacía parte de la violencia que se desbordaba durante los carnavales. Años después, hacia 1300, no sé qué señores de no sé qué país suspendieron el juego por considerarlo extremadamente peligroso. Mucho más tarde, a finales del siglo 19, dos equipos se golpearon a muerte en los campos de Inglaterra. Y entonces comenzaron a poblar el mundo los hinchas iracundos: los hooligans, los ultras, los barras bravas. Y ya no hubo nada por hacer. O mejor: y fue claro, entonces, que nunca se había podido hacer nada.
6. B. jugaba con su hermano mayor campeonatos mundiales de fútbol con tapitas. Quiero decir: dibujaba jugadores del tamaño de una moneda de cinco pesos que después encajaba en tapas de gaseosa, armaba uno por uno los 24 equipos que competían por la copa del mundo, conseguía tapetes verdes a los que les pintaba las rayas reglamentarias, fabricaba canchas con balso, redecillas y pintura blanca, y montaba campeonatos con los vecinos de su edificio que se disputaban a muerte. Su equipo favorito, Alemania, llegaba a los cuatro primeros por bien que le fuera. El equipo de su hermano, Francia, siempre quedaba campeón. Todo cambió, sin embargo, durante el último torneo que se llevó a cabo: 1986. Quizás porque era ya un poco más grande, tal vez porque ya no esperaba resultados sino simplemente pasar un buen rato, llegó a la final con su Alemania de tapitas. Y quedó campeón gracias a un gol de “Caperucita roja” Rummenigge. Le costó semanas que su hermano le volviera a hablar. 7. Eran los días del colegio. Mi papá nos lleva a fútbol a mi hermano y a mí todos los domingos. Y siempre que llegábamos al estadio veíamos, a unas dos gradas de nuestro lugar, a un señor muy serio de nariz puntiaguda que celebraba los goles de todos los equipos. Mi hermano, que era una ametralladora de groserías durante cualquier partido de cualquier campeonato, un día no aguantó más el comportamiento absurdo del personaje en cuestión: le parecía ridículo que hubiera celebrado los dos goles que tenían el marcador 1 a 1. Le preguntó, con una mezcla de buena educación e ira ciega, “viejo güevón: ¿usted de qué equipo es hincha?”. Y el señor le respondió, indignado, “yo sólo soy un hincha del fútbol”. La moraleja de la historia es “no le grite a los desconocidos en el estadio”: años después me encontré al famoso viejo, que vimos domingo tras domingo en la tribuna, y que no era, valga la aclaración, ningún güevón, porque resultó ser el papá de uno de los mejores amigos que hice en la universidad. “No volviste al estadio”, me dijo. “Saludes a tu hermano”.
8. R. no volvió a la tribuna de oriental numerada porque en uno de esos clásicos bogotanos de los ochenta, que eran a muerte, un par de delirantes hinchas de Santa Fe pintados de leones, maquillados de leones, disfrazados de leones, le dedicaron 90 minutos a intimidar a los hinchas de Millonarios que se encontraron por ahí: robaron a su papá, intimidaron a su mejor amigo y le dijeron a él que nunca en la vida habían visto a un hincha de Millos tan bonito.
9. Vuelvo a B.: hace unos días, cuando comprobó que sólo quedábamos los dos en mi apartamento, se atrevió a decirme que por primera vez en la vida (el pobre sólo tiene 33 años) había sentido algo parecido al arrepentimiento que sienten los viejos: “no le vaya a decir a nadie”, me dijo, “pero daría lo que fuera por haber sido un puntero izquierdo”.
10. Un verdadero fanático tiene algún día el siguiente pensamiento: “podría pasarme el resto de la vida sólo viendo partidos de fútbol”. A S., que tiene todos los álbumes de los mundiales desde 1978, que se repite juegos claves de la copa de 1982 de vez en cuando, que no se pierde ningún documental sobre la historia de los mundiales, que lee cada mañana el Bestiario del balón, que tiene el himno de Millonarios grabado en un casete, que siempre está buscando amigos que quieran repetirse con él Fuga a la victoria, que no tiene con quién hablar de Manny, el líbero, que siente que el corazón se le acelera cuando un partido se alarga, que tiene que cerrar los ojos cuando un juego se define por penaltis, que todavía cree que una de las grandes influencias de su vida fue el programa de radio La barra de las trece, se le pasó por la cabeza esa idea (“el fútbol podría ser todo para mí”) durante la Eurocopa del año pasado.
11. No puedo seguir con esta farsa, no nos digamos mentiras: la verdad es que yo soy todos ellos: soy mi amigo B., mi condiscípulo M., mi compañero A., el acosado R., mi hermano grosero, el embrutecido S. Soy, en pocas palabras, esa persona que no ha logrado hacerse matar por un equipo, pero que ha sobrevivido gracias a que hay partido el próximo fin de semana. Soy una persona que no habría sido sin el fútbol.
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