Un texto de Ernesto Gómez-Mendoza sobre tres personajes de mis novelas

Ernesto Gómez-Mendoza, un gran lector, me manda este iluminador ensayo sobre los protagonistas de Parece que va a llover, Autogol y El libro de la envidia. Lo publico aquí y en mi página de Facebook con su permiso.

El novelista y sus criaturas
Tres héroes de Ricardo Silva Romero
Por Ernesto Gómez-Mendoza

Juana Villegas es un personaje de novela que desempeña impecablemente su parte. El autor de la novela la moldea seductora a su manera, a su especial manera. Nos seduce su disenso manso de un montón de cosas, se desplaza con una carga de inconformidades que no han sido oídas, rebeldías que se guardan de estallar en las narices de tantos. Ese hervor interno secreto es un logro del autor. De quí otra manera podría modelar esta rebelde ahogada sino comprendiéndola desde adentro, desde su secreto. Parece que la clave de una multitud de novelas consiste en que el autor se inocule en su héroe y haga toda la travesía de un virus hasta sus células más profundas, de modo que sea para él un objeto transparente. Estamos hablando de un demiurgo que a veces no se presenta: el autor no concibe un amor suficiente por el embrión del personaje, el proceso de gestación se estanca, vacila. ?Habrá un símil más apropiado? Una gestación, un proceso de desdoblamientos a partir de una semilla, es lo que la plasticidad y polifonía de ciertos héroes sugiere.

Parece que va a llover es la novela en donde vive Juana Villegas. Nadie puede ser indiferente a su reticencia. No es una diva ni de oficina ni de club. No usa la palabra "marica" -que ya usan casi todas las mujeres-, al dirigirse a su amiga que si lo usa. Es en una medida un personaje gris. Gris como el lector que tiene entre manos su historia.

Gris, como una mujer cualquiera que quiere detener un embarazo, que quizá ni pensara en eso si la vida no se hubiera convertido en una trampa. La vida en Bogotá, que se sabe volver irremediablemente gris a la vuelta de las horas. Gris de tantas fórmulas de cortesía y mentiras piadosas que hay que enunciar oportunamente. El médico le habla como el personaje auxiliador o colaborador que Vladimir Propp catalogó, hace cien años, en su estudio sobre las narraciones populares. Camino del médico se le apareció antes un viejito vergonzante que con gran estilo bogotano le mendigó unas monedas para un café. Y antes del viejito, un niño furtivo que finge marchar al colegio o regresar del colegio. Y antes, otro viejo, su padre, ofreció fórmulas bogotanas de cariño mezcladas con dichos irónicos de profesor de antropología jubilado.

Juana Villegas camina y camina por esa parte de Bogotá que logra engatusarnos con su aire cosmopolita mientras ignoremos que es una isla rodeada de una estepa poco cosmopolita, marinada en humo de exhosto de buses nada carism?ticos, estrechos e inc?modos. Arrima donde la amiga que le dice ?marica? y se deja reprender. La rega?a la amiga del colegio que es curadora de un museo importante. Le pide cuentas por el novio, un hombre predecible, novio que resiste en su estatus de clase media alta armado de un t?tulo universitario y de conexiones y recomendaciones que han hecho mella en altas esferas. La curadora sabe que ya casi la ha perdido a la Juana en la redes del patriarcado. No sabe que est? pre?ada, que est? matando tiempo hasta la tarde cuando el m?dico aspirar? el co?gulo de vida ciega que porta en su vientre. No sabe la amiga que su respectivo novio, un creador de instalaciones y esa clase de entelequias conceptualistas, es otro novio desaprobado que a Juana no la enga?a, porque tiene la misma idea de la pareja humana que el novio de ella, administrador de empresas. Juana camina tanto mientras dan las cuatro pm que termina pasando por el edificio donde vive su novio anterior, su novio de cuando universitaria. Se abre un boquete en el muro de su sobriedad y visita a este novio. El autor de la novela se da ma?a para sugerir que este novio representa la dosis de locura que toda vida debe tener, a?n en la gris Bogot?. Este personaje, que seguramente debe pertenecer a alguna de las categor?as de Vladimir Propp, representa para Juana Villegas su tr?nsito por la universidad, su antiguo rol de ser humano confiado en que le espere un nuevo mundo, que la juventud se lo inventa para enterrar el viejo mundo estrecho de la clase media demasiado respirada. Lo ?nico que consigue es sentir enorme envidia por la abyecci?n en que vive su t?a con el director de cine Carlos Mayolo. Como buena bogotana, Juana aprovecha que con su exnovio van a un paraje en donde venden videos piratas de pel?culas, para llevarle a su t?a que vive al pie de las moles andinas un recado de su pap?. La historia termina mientras se preparan m?dico y paciente, ella de regreso de su caminadera por todas partes, y es un final con una sorpresa, una de las sorpresas m?s sorprendentes de la novela colombiana. Juana, la hero?na de Parece que va a llover, t?pica cachaca bogotana, es una ilusi?n literaria, pero dotada de enga?osa vida porque Ricardo Silva Romero, el autor de la novela, con instinto de novelista, compone la bit?cora de sus opciones (decisiones), de modo que Juana remeda exactamente a los seres de carne y hueso que caminan haciendo elecciones y haci?ndose a s? mismos en esas elecciones. El estar arrojada en una deriva de elecciones es lo que brinda la ilusi?n literaria de vida.

Pepe Calder?n, el protagonista de Autogol, otra novela de Silva Romero, tambi?n se proyecta a trav?s del historial de opciones que es su existencia, como si para el autor fuera un m?todo. Pepe Calder?n, se queda sin voz en el segundo tiempo del encuentro entre las selecciones de f?tbol de Estados Unidos y Colombia. Lo cual es una cat?strofe para un comentarista de cabina. Est? en esa cabina como punto final de un rosario de decisiones/elecciones, unas heroicas, otras vergonzosas. En la radio deportiva no se sobrevive sino se es pragm?tico, sino se aprovechan las oportunidades, sino se pone el propio pellejo como lo segundo m?s importante despu?s de Dios. Lo aprende el lector de la historia de Pepe Calder?n, quien elige y elige hasta el final y algunas veces hasta elige ser valiente. Su tragedia nace en el momento en que elige ser v?ctima. Eso, creerse v?ctima de todo y de todos es un ?cido que la novela rese?a con recursos de novela, alumbrando esa conciencia que tira los dados.

Silva Romero, demiurgo incesante, nos planta otras de sus criaturas en El Libro de la envidia una intriga detectivesca, una pesquisa hist?rica ambiciosa. Exorciza la historia, porque La historia se archiva y la cubren capas de polvo. El per?odo que el libro ilumina ha permanecido mucho tiempo en un anaquel etiquetado ?casos cerrados?. Silva Romero le sacude las capas de polvo y lo exorciza. Es as? que permite una excursi?n por La Regeneraci?n, presuntamente la gesta de un caudillo, Rafael N??ez, vago e indefinido en la historiograf?a, con halo de fundador de naciones. En la novela de Silva Romero es remoto tambi?n, pero preside sobre una Bogot? repleta de delitos, entre ellos el asesinato de Jos? Asunci?n Silva, el poeta cuyos alejandrinos y dem?s metros bordeaban actitudes riesgosas en una era en que las sotanas y la Santa Sede eran actores centrales del drama hist?rico. El Libro de la envidia es un libro gordo, un reto en esta Colombia en que los lectores en potencia precisamente no viven en el barrio de La Candelaria, sino en retirados suburbios e invierten horas en desplazarse, y eso hace un reto a los libros de 600 p?ginas. Seiscientas p?ginas en que los conservadores- porque es hace 120 a?os- se desplazan en minutos de un sitio a otro a conspirar o a emitir dinero o a misa de siete. Esos trajines por las calles m?s precoces de una Bogot? de 40 mil almas conjura El Libro de la envidia. A prop?sito ese cuarto de San Alejo no lo mentaba la novela en Colombia desde 1989, con Noticias del Altozano (en el libro En busca del Moloch) de Ricardo Cano Gaviria.

El cr?tico, gracias a un autor resuelto respecto de su escenario, ha trasegado esas calles bogotanas y decimon?nicas y se ha divertido paseando por la Historia, siguiendo tras los pasos de Juan de Dios Monsalve, apodado por esa Bogot? de billetes falsos y liberales vergonzantes, Loco Cacanegra. Su padre, un erudito vertical y afiliado a la ?lite de la ciudad, le ha rehusado siempre el apellido. Su mujer, o mejor el fantasma de su mujer, le increpa a diario para que denuncie o grite que al poeta Jos? Asunci?n lo suicidaron, no fue que ?l se suicid?. Cacanegra lo vio todo en una de esas noches cerradas de los potreros de Bogot?. El problema es que qui?n le cree a un loquito. Con semejante detective, Ricardo Silva Romero ha conjurado otra criatura, viva, y que se retuerce, de la novela colombiana.
Y para amarrar mejor nuestra conclusi?n, dejemos que venga en nuestra ayuda un demiurgo cubierto de gloria como Henry James, con cuyos h?roes carism?ticos se podr?a poblar un barrio. En su libro El arte de la ficci?n. James anot? que el personaje es la determinaci?n del ?incidente?, y ?ste la ilustraci?n del personaje. Las opciones y elecciones del h?roe en los tres casos de novelas de Silva Romero que he se?alado son incidentes. Tienen sentido en la narraci?n si operan como ilustraci?n, explicaci?n, exploraci?n del h?roe. Sin este ?ltimo, como producto de la dial?ctica incidente-personaje, los incidentes carecer?an de intenci?n novelesca. El narrador tiene que sacar incidentes de una chistera de mago, digamos que es la mitad del trabajo. La otra mitad consiste en que cada uno de estos valga como clave sobre el h?roe, como una de las luces y pinceladas de su retrato.