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El gran Georges Méliès atendía un pequeño kiosco de juguetes en la Estación de Montparnasse, pero nadie en todo París se había dado cuenta. Quizás no lo notaban porque abría muy temprano el local y se entregaba por completo al trabajo. Tal vez había pasado mucho tiempo desde sus días de gloria, y la barba blanca y las ojeras hacían casi imposible imaginar que aquel señor que se sentaba muy poco, que vivía sonriente y bien vestido, sin rencores ni frustraciones a la vista, había dirigido más de 500 películas cortas en sólo dieciséis años y, de paso, se había inventado el cine tal como lo conocemos. Era diciembre de 1925....[Leer más] |
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